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jueves, 19 de junio de 2014

El crecimiento de la ciudad debe ser hacia zonas cerriles, aconseja Defenza de Zamora Agrícola (DEFENZA)




-Es la forma de salvaguardar tierras fértiles, aseguró Jaime Ramos Méndez.



Publicado en El Independiente:

19 de junio de 2014

Por Elena Rojas, Zamora

“El crecimiento de la ciudad debe de ir hacia zonas cerriles, es decir especialmente el nororiente del municipio, para salvaguardar las tierras fértiles que mayoritariamente se encuentran en el poniente de nuestra localidad”, señaló Jaime Ramos Méndez, representante de la asociación civil Defensa de Zamora Agrícola (DEFENZA).

Dijo “hay zonas cerriles suficientes alrededor de Zamora. De acuerdo a información del INEGI, el 75 por ciento de la población del municipio está concentrado en la cabecera municipal. ¿Por qué no hacer rúas que hagan viable poder vivir en otros sitios del municipio, con infraestructura que agilice los accesos? Por ejemplo que se pudiera llegar más rápido y eficientemente de Ario, la Rinconada, el Llano o la Sauceda al centro del municipio”.

Señaló que las administraciones municipales no han apostado a la buena planificación del crecimiento urbano, “desde los años cincuenta del siglo pasado en que empezó Zamora a expandirse mucho y tuvo su crecimiento demográfico por el auge agrícola de la fresa, desde entonces se empezaron hacer muchos fraccionamientos en tierras fértiles de cultivo, atendiendo los intereses de los fraccionadores y con la anuencia y complicidad de las autoridades municipales en turno”.

Comentó que tan solo en la administración anterior se le cambió el uso de suelo a más de mil hectáreas, las cuales eran de alta productividad, asentadas en la periferia de Zamora en un abanico que va de la Calzada Zamora-Jacona hacia el puente de tubos y luego se extiende por el norte hasta la 20 de Noviembre.
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“Esto ha propiciado que por todas partes ya se ven tierras ociosas, es decir, en calidad de lotes baldíos, ya no se siembra nada ahí y lo único que están esperando es que los fraccionadores tramiten su licencia de construcción y se hagan nuevos asentamientos humanos”, dijo.

Añadió “Los mismos arquitectos que han trabajado en los planes de desarrollo que este ayuntamiento ha contratado, dicen que hace falta volver a densificar, es decir que hay muchos huecos en lo que es la mancha urbana que están en calidad de lotes baldíos o que son fraccionamientos que de plano tienen casas sin habitarse o que los mismos desarrolladores no han hecho las viviendas porque saben que no hay gente que las compre, no hay capacidad económica”.

Toda esta situación, dijo, ha repercutido negativamente en la economía “la que nos pegó bastante fue la crisis de 1995 y ya no nos pudimos recuperar, toda vez que al ir desapareciendo las tierras de cultivo con la mancha urbana, la agricultura se fue a pique, lo que propició la falta de empleo y que el comercio se vea deprimente sin clientela”, finalizó.


Numeraria
75% de la población del municipio se concentra en la cabecera municipal.


sábado, 1 de marzo de 2014

Análisis sobre la problemática urbana de Zamora por el doctor en arquitectura Víctor Manuel Ortiz



En la Introducción a su libro El Barrio Bravo de Madrigal, publicado por El Colegio de Michoacán en 1990, el doctor en arquitectura y zamorano, Víctor Manuel Ortiz Marín, escribió las siguientes reflexiones:
 
El deterioro gigantesco y rapidísimo que han experimentado las ciudades mexicanas en su calidad de vida en el entorno construido, constituye uno de los procesos sociales más dramáticos y lamentables de la realidad provinciana de los últimos treinta años. El funcionalismo en arquitectura, buscando la modernidad y la eficiencia, descubrió que era muy rentable la especulación urbana y la misma industria de la construcción.

Contradictoriamente, negando las ideas más rescatables de los maestros del Movimiento Moderno, las decisiones que afectaban las trazas urbanas existentes se comenzaron a tomar no por su eficacia social, sino de acuerdo a las ventajas que pudiera presentar a los intereses del capitalismo criollo.

En casos como el de Zamora, se favoreció un crecimiento indiscriminado sobre tierras de enorme calidad agrícola con esquemas de lotificación que no alentaban la vida de barrio y, en cambio, sí presentaban características que nada tenían que ver con hábitos, conductas y modelos de relación de esta parte del occidente michoacano. Se abrieron, en la mayor parte de las ciudades de tamaño medio, sus calles principales.

Las consecuencias fueron múltiples: se tiraron edificios cargados de significado, que servían además de puntos de referencia para orientarse en la trama urbana; se favoreció el uso del automóvil sin generar un equivalente atractivo en el transporte público; se eliminó definitivamente la protección de aleros o pestañas, haciendo difícil el desplazamiento a pie; se embellecieron las plazas y los primeros cuadros en detrimento del equipamiento primario que necesitaban las periferias; se limitó el empleo de las calles para uso de las fiestas de carácter religioso; se desplazó a los habitantes del centro hacia los nuevos fraccionamientos para dejar lugar a avenidas más anchas o a centros comerciales copiados caricaturescamente de los originales yanquis. Se alteró así la configuración cultural de los distintos espacios territoriales, acentuando su segregación al destruirse, sin tomar en cuenta la opinión de los habitantes, las fronteras naturales de los barrios y de los asentamientos más consolidados.

La voluntad política de reforzar la vida de los municipios, mostrada en las reformas al artículo 115 constitucional en febrero de 1983, no se vio complementada con la generación de herramientas administrativas que permitieran, en la práctica cotidiana, un cierto grado de control de las diferentes realidades urbanas.

Los gobiernos municipales, acostumbrados a recibir instrucciones tan precisas como arbitrarias de los gobiernos estatales, se encontraron de pronto con el paquete entre las manos, presionados por todos lados, sin saber cómo interpretar las nuevas reglas de juego y cómo manejar sus implicaciones políticas.

Mientras tanto, las ciudades se vuelven más caóticas, más desordenadas, más fragmentarias, menos habitables. Los afectados, los habitantes, dejan de sentir querencia por sus ciudades al no sentirse ya identificados con ellas. Las calles se vuelven territorio de nadie. Cada esquina se convierte en un basurero, proliferando por todas partes, en el contexto de una fealdad esplendorosa, las ratas, las moscas y las cucarachas.

Existen, en las ciudades principales, oficinas municipales que se encargan de los problemas urbanos. Existe también, como parte del cabildo, un regidor de obras públicas. Pero la experiencia demuestra que en ambas dependencias se desconocen las características geográficas, históricas y culturales de la región sobre la que se trabaja.

Se manejan planos incompletos y pocos precisos. Se sigue dependiendo de un presupuesto raquítico, soltado a cuentagotas por el estado central. Se desconoce la manera de establecer prioridades y, por tanto, se acometen programas no estructurados, aislados y sin una base social que los respalde suficientemente. Se divide la retícula urbana en cuadrantes iguales, como si se tratase de zonas semejantes.

Este trabajo pretende mostrar, por lo anterior, que es urgente encontrar nuevas alternativas para lo que sucede actualmente con el urbanismo de gabinete que se practica en México. He elegido el barrio de Madrigal, en la ciudad de Zamora, para ejemplificar, con un caso como éste, que un fragmento de la ciudad es algo más que su apariencia exterior. Se ha pretendido vivificar la relación entre un cierto tipo de hábitat y los modos locales de comportamiento convertidos en tradiciones asimiladas por la comunidad.

Se ha buscado ordenar el material en forma didáctica y sencilla, sirviéndose en lo posible de la fotografía, de manera que pueda servir a la gente del barrio y a las autoridades municipales, como un espejo reversible que pueda, al tiempo que se reconozcan escenarios y actores, propiciar transformaciones sustanciales que lleven a recuperar la dimensión afectiva de la vida humana.

Con el tiempo, si se logra echar a andar el trabajo comunitario y la toma de decisiones en las propias localidades, será posible tal vez volver a encontrar un cauce para que la comunidad decida sobre sus formas de organización y sobre sus urgencias, a partir del redescubrimiento de la riqueza compleja del tejido urbano vivo y significante.